El dandismo tiene dos requisitos imprescindibles; el Dandy conoce las normas de urbanidad, el código inflexible del buen vestir y el saber estar. El otro requisito es que las rompe invariablemente. Esa es la gran diferencia entre el Dandy y el hombre elegante a secas, la ruptura está perfectamente estudiada, finamente hilada, con el objetivo último de no dejar indiferente al espectador, porque el Dandy no puede dejar indiferente, su vanidad no se lo permite. Claro que estos personajes nunca siguen los dictados de la moda, van por delante o quedaron irreversiblemente por detrás de las imposiciones que marcan las pasarelas y el prêt-à-porter. De ahí que el dandismo haya sido desterrado de la sociedad opulenta que nos acoge desde el último cuarto del siglo XX.

 El dandy sabe que hay que desabotonar el último botón del chaleco, por eso, si le da la gana, deja dos sin abrochar. El dandy se permite usar pañuelo de bolsillo a rayas con camisa a cuadros, pero jamás se pondría una corbata a rayas con esa misma camisa, a no ser que el efecto sea absolutamente sublime, lo cual es complicado.

 

Los grandes Dandys de la historia no siguieron modas, las crearon. Tampoco se convirtieron en esperpentos para llamar la atención, sino que fueron admirados y envidiados por partes iguales, dada su capacidad para establecer un estilo propio que pronto era imitado por otros. Tal fue el caso de Eduardo VIII del Reino Unido, conocido como el Duque de Windsor, el cual renunció a la corona para dedicar su vida al deleite de los placeres privados y a dar a la Humanidad todo un imaginario de estilo en el vestir y en el saber estar.